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Víctor Manuel

Víctor Manuel fue el primero. Con él empieza la Edad de Oro de nuestra plástica. Manuel García Valdés nació en La Habana en 1897 en Marqués González y Carlos III. En la inscripción de San Alejandro aparece Castro como segundo apellido. Esta confusión de apellidos le hizo perder una pensión.
Su padre trabajaba en la Sociedad Económica de Amigos del País, que por entonces estaba en el primer piso de la Escuela de San Alejandro Con anterioridad fue mesillero en la Plaza del Vapor.

El padre estaba enfermo de la vista y Víctor lo ayudaba desde muy joven. Comenzó a estudiar pintura a los 12 ó 13 años de edad; aunque ya pintaba por vocación desde los 6 ó 7 años.

Estudió con Romañach y hasta los 19 años de edad no se reveló Con talento propio, según él mismo confiesa. Fue un día en que comprendió que «la gente hacía las cosas sin sentirlas». Un afortunado día para nosotros Manuel García se va a París y allí en Montparnase, un grupo de artistas lo bautiza con el nombre de Víctor Manuel.

No es nuestro propósito escribir la historia de Víctor Manuel ni la de nadie, esto es tareapara un próximo libro. «Uno debe ser hijo de su época, pero no bastardo», ha dicho Víctor Manuel; y él fue el mejor hijo de su época. Fue el primer valiente que rompió el celoso cinturón marino para traernos a su regreso el inicio de nuestra luz. «Cuando se es feliz, tierno como la flor de loto; cuando se está en desgracia, duro como la roca». Esto le oí decir una vez, y nadie mejor que él ha conocido estos vaivenes dentro del perímetro de La Habana, área que supo llenar con su presencia y sus enseñanzas toda una época. Todos escriben sobre el maestro Romañach, pero nadie ha escrito sobre el verdadero maestro que fue Víctor Manuel, no sólo en lo que respecta a pintar, ya que todos los que le siguieron poseían una personalidad muy definida (aunque a muchos Víctor les movió los pinceles) , sino que fue un maestro en el verdadero sentido: los estimuló a ser ellos mismos y les infundió coraje. Es asombroso el valor que reside en esta pequeña figura: el poder y el don comunicante que de ella emana. Como Oscar Wilde, que decía poner el talento en sus obras y el genio en su conversación, Víctor Manuel nos entusiasma a hacer cosas, más que por su pintura, por su personalidad llena de arte y gracia irradiante. Siempre creyó que el artista debe poseer sencillez expresiva como cosa fundamental. No concibe un arte que no sea humano, porque «el arte para mí no ha sido un refugio, sino mi expresión». Esto lo dice situándose; más adelante se adentra aún más en su persona: «Soy un amanerado de mí mismo, pero soy Víctor Manuel».

Se ha tratado de comparar a Arístides Fernández con Víctor Manuel. Esto es algo así como oponer una promesa a una realidad. Mala costumbre nuestra, muy maratónica, la de estar comparando artistas, no para ver quién gana, sino para ver quién pierde. Arístides fue una de nuestras mejores promesas, pero hablar de cezannismo en su obra es una manera de disculparlo por no ser él mismo todavía; es, por otra parte, una incomprensión, porque decir cezannismo es lo mismo que decir rembrandtismo o goyismo. No es un ismo, sino que conduce a uno de ellos: el cubismo.

En su dimensión de artista la figura de Arístides Fernández es de carácter agónico en su lucha con la materia y el medio. Lo.que deseaba saber nadie podía enseñárselo a su inquietud ( esta es la palabra que lo caracteriza) y no sabemos qué le impidió salir de su paisaje indiferente a la cultura y viajar para encontrar lo que buscaba. Inquietud, palabra que define a Arístides Fernández; serenidad, palabra que corresponde a Víctor Manuel. Los temas de Victor Manuel están fuera del tiempo y son siempre los mismos: rostros de mujer hermanadas por el parecido, que no es otra cosa que la manera de ver, siempre la misma, en el pintor; y paisajes, casi siempre parques, con la eterna pareja de enamorados. « Yo soy como era el cubano de mi época, que no teniendo nada que hacer, hacía el amor. Yo contemplo esa época, aunque no hiciese el amor,>.

Se ha dicho también que su pintura está influida por Gauguin; pero él ha señalado que «las mulatas cubanas tienen mucho de gitanas» y que «el pintor es gitano,>. Con esto último pretende retratarse. No tiene predilección por ningún color. Ha usado, y sigue usando azul cobalto y ultramar, amarillo cadmio y citrón, naranja cadmio, rosa madera, tierra rosa, muy poco de amarillo cadmio limón (porque tiende a blanquearse) , bermellón, verde esmeralda, negro y blanco. Repite el azul, el amarillo y el verde esmeralda. Se repite, han dicho de él. En verdad no hay evolución, no hay temporalidad en Víctor Manuel/«Que si Heráclito dijo "no bañas tus pies dos veces en la misma agua esto no reza cuando uno se chapuza en remanso, en pozo o en pantano» '(Unamuno).

Resulta paradójico ver cómo el artista que inicia toda una era, es, en sí mismo, un universo cerrado, pero un universo perfecto como la mónada de Leibniz autosuficiente y tan claro que ahuyenta todo esoterismo. De esta falta de temporalidad está impregnada su pintura; temporalidad enemiga que sus lienzos rechazan hasta en el material, conservándose siempre frescos y brillantes como el primer día en que fueron pintados. No hay cuarteaduras ni colores resecos en sus cuadros. Los colores los mezcla en la paleta y, en algunas ocasiones directamente sobre el lienzo. Su pincelada es espontánea y no encierra ningún trazo experimental. Mirando y remirando los cuadros de Víctor Manuel,..: a través de los años he comprobado algo notable: que siempre se ven con agrado y que a todos gustan, tanto al iniciado como allego. Esto lo supongo función de su sencillez al pintar y de ausencia de todo arte combinatorio o especulativo en su pintura. También es producto de una suma maestría, pues la mejor técnica es la que no se ve.

El sabor fundamental de su obra es la serenidad, con un grano de melancolía. De ahí su aire de égloga. «Ya destacamos lo que hay de clásico en Víctor Manuel. y en efecto, sus paisajes son verdaderas églogas. " Estamos en presencia de un GarciIaso cubano de la pintura» (Marcelo Pogolotti) .Muy bello y muy bien visto por Pogolotti. Habría que agregar : y como Garcilaso, precursor . «Su interpretación de nuestro paisaje se ajusta a la esencia de nuestra vegetación tropical», ha dicho certeramente Edmundo Desnoes. Yo le quitaría a su ensayo lo señalado a la pintura de Víctor Manuel de poseer «elementos puramente decorativos», porque se contradice con lo anterior: ya que lo esencial se opone a lo decorativo. «Sus retratos tienenla melancolía sensual que nos imparte la temperatura tórrida del trópico», agrega Desnoes y me parece que es una de las observaciones mejores hechas sobre lo cubano y que se caracteriza en nuestro paisaje con el mundo de la palma opuesto al de la se iba. Se ha dicho también que su pintura está influida por Gauguin; pero este venturoso que es Víctor puede prescindir de tales acentos sobre su estilo. Por supuesto, sus cuadros nos remiten de entrada a Gauguin pero esto es una manera que tienen las cosas de rebotar en la primera capa de la memoria de aquel que va sedimentando en su cerebro las primeras arenas del conocimiento pictórico. La repetición de sus temas, de sus pinceladas y de su manera de ver, confirma que se trata de una forma esencial en él y no de un artificio surgido de una influencia. Sus cuadros son espejos en los cuales vemos el rostro de Víctor y no el de Gauguin.

Odio las comparaciones porque las creo innecesarias y lo innecesario atenta contra la ley de lo preciso, ley que también preside el ajedrez. Víctor Manuel odia las comparaciones y su gran pasión es parecerse a sí mismo; pero como no estoy escribiendo para él, sino sobre él, continúo. Ni más acá ni más allá de Gauguin. Esta discordia en las pupilas es, como el silogismo bicornuto, una manera de mortificar que utilizan los enredadores de lo evidente para restar valor a aquellos que algo han aportado a nuestra cultura. La comparación huelga cuando el propio Víctor ha dicho: «Gauguin fue muy superior a mí. Tuvo más valor que yo; también tuvo la suerte de nacer en París». Huelga, además, porque a Víctor no le placen mucho los pintores modernos. Elige según su gusto sin discriminar épocas. Según como los demás resuenen en su interior.

De Gauguin le gustó el Cristo Marino; disgustó de otras obras del mismo. «Una vez vi un Picasso: una mujer de perfil dibujada en tela que me pareció maravillosa. Casi me desmayo al verlo», nos dice. En general, los modernos le gustaron para admirarlos, y nada más. En cambio, los clásicos fueron su pasión. Clouet, Signorelli, Fouquet, Van Dyck, Divino Morales, Leonardo y Giorgione. De Brueghel exclamó: «Es lo que quisiera para mí.,> Como el zun-zun, Víctor Manuel irradia la mañana del trópico y no podemos verle sin sentir alegría y luz en las pupilas; alegría que emana de sus frases chispeantes y de sus cuadros, porque una cosa bella es una alegría perenne.

Tempranero como el rocío le vemos siempre por las calles de Obispo y O'Reilly, impregnadas con su imagen que ya nos parece secular en la mañana brillante. Es curioso notar que jamás vemos a Víctor en días lluviosos. Como los seres del jardín, se oculta cuando el Sol se oculta.

Oscar Hurtado.

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